En su primer libro, Diva virtual. Cómo un mundo obsesionado con la imagen ha distorsionado el cuerpo de las mujeres, la británica Ellen Atlanta revela una investigación impactante. Entrevistó a más de 100 mujeres de distintas edades, razas, tallas y orígenes para demostrar cómo la presión estética se ha intensificado en la era digital.
Atlanta, de 30 años, explica que incluso niñas de ocho años viven bajo la sensación constante de ser observadas. “Es una automonitorización permanente que resulta agotadora”, comenta. Esa vigilancia social y digital provoca que millones de mujeres sientan que sus cuerpos “nunca están bien”.
Un mundo de filtros, algoritmos y perfección irreal
La autora sostiene que la presión estética siempre existió, pero nunca fue tan intensa como en la actualidad. Las redes sociales son ahora el epicentro de un modelo de belleza homogéneo y excluyente. Atlanta lo compara con lo que Naomi Wolf advirtió en El mito de la belleza (1990), pero actualizado con los efectos de Instagram, TikTok y la inteligencia artificial en los cánones físicos.
Según la OMS, las jóvenes duplican los índices de depresión de los varones. Esto se relaciona directamente con la exposición constante a imágenes irreales. “Los algoritmos no son neutrales”, afirma Atlanta. “Favorecen a las que mejor encajan en el canon y marginan a las demás”.
En el libro, Ellen Atlanta resalta que la belleza también es una cuestión de clase. Hoy, los tratamientos estéticos más avanzados solo están al alcance de las mujeres con altos ingresos. “En el futuro, los ricos podrán aparentar tener 20 años, y solo envejecerán los pobres”, advierte.
El fenómeno se refleja incluso en los pequeños gestos: una manicura o un tinte pueden representar autoestima, pero también una obligación social. “La belleza es un requisito para ser vista y respetada”, sostiene Atlanta.
El papel contradictorio de las celebridades
Atlanta es crítica con las figuras públicas que moldean el canon de belleza actual. Cita a las hermanas Kardashian, que transforman sus rostros y cuerpos como parte de su marca personal. “Se benefician del sistema que dicen criticar. Venden autenticidad, pero promueven estándares imposibles”, sentencia.
La escritora invita a la reflexión: las celebridades también son víctimas de la presión estética, pero su responsabilidad social es mayor. Sus cuerpos, afirma, se convierten en productos mediáticos y comerciales.
En el libro se analiza cómo la delgadez ha vuelto a ser símbolo de virtud. Con la llegada de medicamentos como Ozempic, los cuerpos curvos han cedido terreno a una figura extremadamente delgada. Atlanta cita a la socióloga Sabrina Strings, quien vincula el ideal delgado con el racismo y el colonialismo histórico.
“La sociedad premia la capacidad de controlarse y castigarse”, escribe. El peso corporal se ha convertido en un indicador moral más que estético.
Resistir desde la autoaceptación
A pesar de la crudeza del diagnóstico, Ellen Atlanta propone caminos de resistencia. La solución —dice— es colectiva: “Podemos luchar contra esta maquinaria apoyándonos entre mujeres”. También apela al cambio personal: dejar de ocultar el abdomen, mostrarse sin maquillaje o renunciar a filtros.
“La belleza puede ser divertida, no debe ser una prisión”, subraya. Recuperar esa ligereza implica desaprender la culpa y resignificar el placer de arreglarse sin miedo al juicio.
Diva virtual no solo analiza la cultura de la imagen, sino que también plantea preguntas urgentes sobre salud mental, autonomía corporal y justicia social. Es un llamado a la empatía y a la autocrítica en una época en la que la cámara del celular se ha vuelto juez y verdugo.
Con información de El País
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