Joaquín "El Chapo" Guzmán cumple una condena de cadena perpetua en la temida prisión ADX Florence, en Colorado, Estados Unidos. Nueve años después de su captura, informes médicos, forenses y testimonios legales documentan un deterioro físico y mental progresivo que ha encendido alertas sobre sus condiciones de reclusión.
Un infierno desde su captura en 2016
Desde su detención el 8 de enero de 2016, Guzmán Loera ha estado sometido a condiciones extremas de aislamiento. Primero en penales de alta seguridad en México —como el Altiplano y Ciudad Juárez—, y desde 2017, en la prisión estadounidense ADX Florence, considerada la más segura y restrictiva del país.
Uno de los primeros diagnósticos relevantes se elaboró el 2 de septiembre de 2016, en el Centro Federal de Reinserción Social No. 9, con base en el Protocolo de Estambul. El perito médico Julio César Ayuzo González firmó el informe, donde ya se advertía un cuadro clínico alarmante: escaso contacto visual, voz baja, lentitud psicomotora y afecto emocional aplanado.
“Estoy mal”, expresó el capo al perito.
“Desde mi detención en Almoloya todo se volvió un infierno. Cada cuatro horas me despertaban. No me dejan dormir. Siempre hay luz. Siempre hay vigilancia. Prefiero los golpes a esto”, dijo entonces.
Antes de ser extraditado a Estados Unidos en 2017, el estado de salud del líder del Cártel de Sinaloa ya evidenciaba síntomas neurológicos preocupantes:
La prueba MINI Mental le otorgó 27/30 puntos, diagnóstico de deterioro cognitivo leve.
La prueba del reloj, usada para evaluar funciones ejecutivas, resultó en apenas 5 puntos.
Tensión arterial baja (78/58), nistagmo horizontal, dolores persistentes de cabeza y espalda.
Alucinaciones auditivas simples, según se documentó en el dictamen oficial.
Guzmán Loera también padecía condiciones crónicas como hipertrigliceridemia e historial de alcoholismo, lo que agravaba su estado general. Durante su encarcelamiento en México, incluso se le suministró Triazolam, un hipnótico para el insomnio, aunque con advertencias por su uso prolongado.
El infierno de ADX Florence: aislamiento extremo y secuelas físicas
Desde 2017, Joaquín Guzmán cumple su sentencia en la prisión federal ADX Florence, bajo el régimen de Medidas Administrativas Especiales (SAMs). Según reportes de la organización Illicit Investigations, su estado de salud ha seguido empeorando.

Su familia y defensa legal han denunciado:
Hipertensión, ansiedad severa, trastornos del sueño, calambres musculares y dolores de cabeza.
Medicación diaria con Lisinopril de 20 mg para la presión arterial.
Cero contacto con otros reos, sin clases, sin visitas familiares, ni actividades recreativas.

La celda en ADX Florence mide menos de cuatro metros cuadrados, está equipada con muebles de concreto, cámaras de vigilancia 24/7 y aislamiento acústico. Los internos solo salen una hora al día a un patio individual.
“La vida de Joaquín es aburrida, solitaria y triste”, declaró su abogada Mariel Colón a Milenio.
“No puede ver a su esposa ni tomar clases. Soy la única persona que puede visitarlo”.
En 2022, Guzmán denunció el trato como “cruel e injusto”, afirmó que le sirven poca comida y sufrió una infección por hongos que le hizo perder las uñas de los pies. Además, la falta de ventilación en su celda le provoca taquicardias nocturnas.
El intento legal por regresar a México
En un nuevo giro legal, en marzo de 2025, un juzgado federal mexicano aceptó analizar un amparo promovido por la defensa de Guzmán contra la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE), que se negó a gestionar su repatriación.
La defensa invocó el Tratado sobre Ejecución de Sentencias Penales México–Estados Unidos (1977), el artículo 18 constitucional y la Ley Nacional de Ejecución Penal, que permiten solicitar el traslado a México de personas con condena firme.
El Juzgado Décimo Cuarto de Distrito en Materia Administrativa admitió el recurso, pero negó la suspensión provisional, lo que implica que el gobierno mexicano no está obligado a actuar de inmediato.
¿Podrá regresar a México?
Aunque la batalla legal continúa, las condiciones extremas de reclusión y el deterioro mental y físico de Joaquín Guzmán Loera abren el debate sobre derechos humanos, trato a presos y la función de los sistemas penitenciarios de alta seguridad.
Mientras tanto, “El Chapo” sigue aislado del mundo en una celda de concreto, sin contacto humano significativo y con una salud cada vez más debilitada.
*IC





